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De la desposesión a la construcción de lo común.


La Yesca | Sábado, 15/11/2008 - 7:09pm

imagen 1.jpgEl agora ha dejado paso a la penitenciaria. Vivimos un proceso de progresiva desposesión del espacio urbano, arrebatado por la agorafobia y la explotación comercial. Frente a esto no deberíamos solo resistir a la desposesión, sino también crear nuevos espacios de identidad, de relación y de actividad política, a partir de las posibilidades espaciales que genera la especulación inmobiliaria y la sobreproducción de ciudad.

 

 

La mercancía-lugar

 

El espacio público es la imagen, la fachada, el escaparate de la ciudad; el espacio privilegiado para el consumo de la urbe como producto ocasional. Las estrategias de promoción de macroproyectos arquitectónicos y urbanísticos, a menudo a costa las arcas públicas y operando en beneficio del capital privado, desarrollan espacios públicos y edificaciones espectaculares que buscan el impacto inmediato y “situar en el mapa” a la ciudad destinataria: nuevos distritos financieros con rascacielos espectaculares e innecesarios, plazas publicas y edificios dotacionales mucho más vinculados al cine de ciencia-ficción que a las arquitecturas y urbanismos locales o de su entorno más inmediato, espacios para ferias, convenciones, paseos de ocio y consumo, etcétera.

 

Junto a la generación del patrimonio arquitectónico futuro de la ciudad, se produce la puesta en valor del viejo espacio histórico de las ciudades europeas, abandonado durante décadas. La producción de esta mercancía-lugar se concreta en el espacio comercial, en los veladores y en la influencia positiva en la valorización de la mercancía vivienda; así en los nuevos desarrollos como en los centros históricos gentrificados, donde el escalón de renta generado resulta en enormes plusvalías para el mercado inmobiliario.

 

Resulta evidente el objetivo comercial de este tipo de proyectos al analizar las declaraciones de políticos y arquitectos que suelen acompañar su anuncio. Se busca promocionar la ciudad, venderla, crear espacios fetiche para el consumo y el ocio caros, la atracción de turistas y la explotación de las rentas monopolisticas que generan la personalidad y el carácter del lugar único. Sin embargo, es cuestionable la relación de la generación de espacios de consumo y de ocio con las ventajas de monopolio del lugar, en la medida en que el nuevo desarrollo espectacular puede tener un impacto efímero, dado que su desvinculación con la identidad local lo hace fácilmente reproducible en cualquier otro espacio geográfico. Por otro lado, la homogeneización y museificación del espacio histórico destruyen su carácter particular. La gobernanza local tiende hoy a potenciar el “patrimonio muerto”, del monumento, del edificio y del lugar con un bagaje cultural e histórico cristalizado en su construcción y en su historia, pero suele ignorar y destruir la cultura viva que todavía resta en el espacio histórico. Al mismo tiempo, los nuevos desarrollos espectaculares adolecen de capacidad para la generación de cultura y apropiación ciudadana y tienden a adquirir el carácter banal de toda mercancía reproducible.

 

Frente a lo que sería la nueva mercancía-lugar post-moderna y el viejo lugar histórico recualificado como mercancía-lugar histórico, se encuentra lo que Milton Santos venía a denominar “ejercito de reserva de lugares”. Es este un concepto oportuno para describir la situación de los espacios públicos periféricos, cuya puesta en valor no es un objetivo a corto plazo y sobre los que, a falta de la fuerza mercantilizadora, la agorafobia y el miedo al “otro” actúan libre y salvajemente desfigurando espacios públicos con el objetivo de hacerlos no vivibles. En algunos casos, este holocausto de los espacios públicos se concreta en la degradación extrema de los mismos fruto del desdén de la administración y de las fracturas sociales de su entorno residencial. En otras ocasiones el tratamiento es optimo, y una buena dotación de servicios urbanos acompaña a una deconstrucción del espacio publico como tal, con la multiplicación de cerramientos, a veces inverosímiles, o la eliminación del mobiliario urbano, bancos y cualquier tipo de elemento que pudiera hacerlo habitable.

 

Necesariamente, en la mercancía-lugar exitosamente explotada, debe existir un control ordenador del espacio publico mucho más sutil, que se concreta en la multiplicación de las cámaras de seguridad y en la presencia constante y amenazadora de profesionales de la seguridad, privada o pública. La mercancía lugar puede ser consumida, pero siempre bajo constante vigilancia. Se reproducen así en espacios públicos históricos dinámicas propias del centro comercial tipo “mall”, al que cada vez se asemejan más a nivel conceptual: un espacio dedicado exclusivamente al ocio consumista en un entorno delimitado, controlado y seguro. Un tratamiento que cuenta habitualmente con el consenso y la aprobación de la “silenciosa mayoría”, acostumbrada ya a lo falso y a la necesidad de ser constantemente vigilado.

 

Sin duda, la segunda gran fuerza que actúa hoy sobre el espacio publico, seguida de la mercantilización y en parte producto de ella, es el miedo. Imbuidos de la paranoia imperante, una buena parte de la ciudadanía local, a menudo envejecida, reclama la destrucción de lo publico o su transformación en centro comercial al aire libre. Es este un sacrificio necesario ante la amenaza del “otro”, el adolescente, el joven, el lumpen o el inmigrante. Sin embargo, el pánico generalizado hacia el espacio libre no suprime la certeza de que todo el conjunto de ordenanzas cívicas, leyes contra el botellón e incremento de la vigilancia en el espacio público responden en gran medida a la lógica de gestión de la mercancía-lugar.

 

La mercancía-lugar es necesariamente un espacio antidemocrático y fragmentador, por su necesidad de imponer el orden de la mercancía para generar nichos de vida consumible y fetichizada. Así, se le otorga al espacio local y cotidiano la característica del espacio económico y de los flujos, lo que implica un orden impuesto y una verticalidad en la gestión y la ordenación del mismo que vele por la seguridad del espacio de consumo así como por su correcto uso y la expulsión de los elementos indeseados. La privatización y cosificación del espacio publico lo hace vertical a través de su control y sometimiento a estrechas normativas, y su uso implica la aceptación de la dominación y lo hegemónico.

 

Los espacios comunes

 

El derecho a la ciudad no es solo el derecho a lo existente, y mucho menos a aquello de lo que nos han desposeído; es el derecho a crear y recrear la ciudad a partir de nuestros anhelos más profundos, sin que deba esto estar condicionado a la posesión de un capital y/o a la aceptación sumisa del espacio controlado y regulado por las instituciones. Frente a la privatización y aniquilación de lo público proponemos la apropiación colectiva de los espacios sin uso, fruto de la sobreproducción de la mercancía vivienda y la especulación con el suelo urbano. “Espacios comunes” donde poder crear zonas temporalmente autónomas del control y la organización vertical del espacio publico.

 

Proponemos los espacios sociales ocupados como “espacios comunes”, lo que no implica que los espacios comunes sean exclusivamente los centros sociales. Los espacios comunes serían aquellos, no privados en su uso, que escapan al control de la gestión pública vertical y orientada a su conversión en mercancía lugar. A menudo fueron los mismos espacios que hoy se han convertido en mercancía banal con una función comercial bajo estricto control y organización vertical.

 

Sería aquel espacio de todos los individuos independientemente de sus cualidades, pero especialmente de los individuos desposeídos, y de aquellos que no pueden o no quieren cubrir sus necesidades a través de la acción individual y el mercado, sino a través de la acción colectiva y el trabajo cooperativo. Bien por que hayan sido colectivamente desposeidos de sus bienes comunes anteriormente ganados, bien por que hayan sido excluidos del mercado por falta de solvencia, o bien por que sus necesidades excedan los estrechos marcos del consumo de mercancías banales. El lugar común es así el espacio de los individuos, pero de los individuos que toman colectivamente el espacio generando en el proceso “comunidad”. El espacio común, como lugar, no es solo espacio físico, es también espacio vivido en el que las experiencias personales y colectivas se cristalizan. En sentido inverso el lugar y su percepción a partir de sus uso cotidiano son una aspecto a tener en cuenta respecto de la construcción de la identidad individual y colectiva.

 

Frente a los espacios banalizados, controlados y estandarizados, el espacio común es creación del conjunto de los individuos; rigiéndose por criterios de necesidad y deseo frente a los de demanda solvente, y de consenso entre individuos y colectivos frente al control vertical y la represión. Lugares con potencial para escapar del discurso hegemónico individualista que el capital impone en la mercancía-lugar, donde la lógica del beneficio determina su configuración y el acceso desigual al los recursos selecciona al usuario. La ausencia de diseño comercial y de estandarización globalizadora les permite por lo tanto escapar de la homogeneización y les otorga la ventaja de generar una especifidad y una personalidad que desafía a la destrucción de la identidad que supone la explotación de las rentas monopolísticas de los lugares anteriormente vivos.

 

Frente a la verticalidad impuesta en el espacio fetiche, el espacio común debe regirse por la horizontalidad asociada a la solidaridad, a la convivencia y a la autorregulación y autogestión. Si el espacio mercantilizado homogeneiza y fragmenta, dando lugar al conflicto entre generaciones, etnias y usos, el espacio común debería ser una fuerza que empujara en el sentido contrario, atrayendo la heterogenidad y luchando por compatibilizar usos y por permitir la convivencia de grupos diversos. Frente al consumidor estandarizado, o la participación obediente y limitada, se genera la figura del productor de su propio espacio colectivo, espacio micro-político a partir del cual pensar la ciudad e instrumento para intervenir en ella.



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