Si sabemos cual es la realidad que nos aprisiona, por qué no ponemos los medios de que disponemos para ponerle fin.
Los españoles estamos viviendo en una realidad política sin moral pública, en un Régimen de partidos ideólogos del Estado. Y si alguien puede justificar la Monarquía de Juan Carlos solo podrá hacerlo por su de origen en la Dictadura que la instauró y que cuyos principios( del movimiento) él juró y traicionó al mismo tiempo.
La normalidad de la dictadura aniquiló el idealismo en dos generaciones culturales, y la Monarquía no ha logrado que, dos generaciones después, sea tolerable el abismo mental -ético y cultural- que separa la noble idealidad de librarnos de ellos de la innoble pretensión monárquica de querer reinar sobre un pueblo sin dignidad.
Los partidos estatales - todos ellos, de izquierdas y derechas - se oponen al espíritu de la verdad y, por tanto, a la libertad y a nuestro engrandecimiento. Se oponen a la necesaria evolución como personas dignas no posicionadas bajo el pie invisible de un poder usurpador cuya premisa es el robo sin control.
Si algo ha sido más destructivo y pernicioso para la salud pública de la sociedad gobernada, y menos propicio a la inteligencia social de la política, es la elevación de los partidos y sindicatos a la categoría de órganos del Estado. En sus delirios de dioses baconianos han creído que metiéndolos en su paraíso estatal se olvidaría la naturaleza del partido único totalitario que representaba el regimen anterior..
El escollo que ha de superar la sociedad para realizar la idea de libertad para decidir elegir lo que le parezca, mediante la democracia, no está tanto en la artificial e inútil Monarquía de Juan Carlos, o en la oligarquía financiera habituada a prosperar con la demagogia igualitaria de los gobiernos monárquicos, como en la indecorosa Partitocracia que se apoderó del Estado dictatorial, para continuar la dominación de la sociedad civil, en nombre de la libertad, mediante un poder sin control y más corrompido y corruptor que el de la dictadura de Franco, de la que es su fiel albacea. Si los españoles no entienden esto, no hay nada que hacer.

